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    El mes de septiembre del año 1977 empezó mi militancia política. Esta página recoge los artículos e intervenciones públicas que he ido haciendo a lo largo de los años.
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Claridad

CLARIDAD
EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, 15.04.13

He hablado a menudo de la necesidad de retornar al principio de realidad, demasiado a menudo ausente de la política catalana, atrapada en una visión a la vez esencialista y inmediatista de las cosas, que cultiva de forma obsesiva debates que demasiado a menudo no coinciden con los problemas que más angustian a los ciudadanos, y que encuentra en cuestiones metafísicas el refugio ante la realidad de una crisis profunda (no solo económica) que nos abruma a todos.

La política catalana tampoco va sobrada de claridad. Sin ir más lejos, el Govern acaba de crear un Consell Assessor per a la Transició Nacional sin definir en qué consiste la “transición nacional”. Se habla de Estado propio, de creación de estructuras de Estado pero evita en todo momento de hablar de independencia. ¿No es lo mismo? Y, si lo es, ¿por qué se intenta soslayar la cuestión? Lo mismo nos pasa con el “derecho a decidir”: ¿es o no es un referendo sobre la independencia? Si Catalunya fuera realmente “un sujeto político y jurídico soberano”, tal como manifestaba la declaración aprobada por el Parlament de Catalunya, hoy no estaríamos discutiendo de todo esto, sino que estaríamos felicitando al nuevo embajador o embajadora catalana en Naciones Unidas.

Si el “derecho a decidir” es un referendo sobre la independencia sería mejor que lo llamásemos así; si no lo es, convendría no limitar de entrada las opciones sobre las que la ciudadanía de Catalunya será llamada a pronunciarse. Porque futuros para Catalunya hay muchos, y todos están por escribir. Por ejemplo, para mí, en un mundo marcado por interdependencias crecientes y soberanías compartidas, la mejor solución es una reforma constitucional para hacer de España un Estado federal plurinacional.

Por tanto, no considero sensato que los que se llenan la boca de derecho a decidir estén ya prefigurando las cosas como si solo hubiera una respuesta a la pregunta que hasta ahora han sido incapaces de formular oficialmente. Parece que nos quieran entretener en debates metafísicos, consejos asesores, pactos nacionales, declaraciones parlamentarias que ellos mismos dicen que no tienen ningún valor jurídico, como forma de eludir permanentemente sus responsabilidades y de marear la perdiz.

Este mismo domingo, sin embargo, hemos tenido una chispa de claridad: el ‘president’ Mas ha dicho que su camino no es el de aprobar una declaración unilateral de independencia. Parece como si la visita de Stéphane Dion hubiera servido para disipar alguna niebla mental: en un Estado de derecho miembro de la Unión Europea y de las Naciones Unidas, como lo es España, no hay posibilidad de alterar de forma unilateral las fronteras estatales. Pero realmente hay que ir más a fondo, tampoco se puede engañar a la gente diciendo que bastará con organizar una consulta aunque no esté amparada en la legalidad.

No hay atajos

En primer lugar, cabe recordar que, hoy por hoy, no hay otra forma de hacer una consulta sobre un cambio radical de las relaciones entre Catalunya y el resto de España amparada en la legalidad que no parta de un acuerdo entre las instituciones catalanas y españolas. Y si no está amparada en la legalidad servirá de bien poco. Y, en segundo lugar, que si el resultado de una consulta de estas características fuera la voluntad mayoritaria de separarse, habría luego que proceder a una negociación sobre los términos para acordar la separación. Es decir, en un proceso como el que se dibuja, no hay ni unilateralidad ni automatismo.

No hay atajos; estamos ante un proceso democrático que exigirá inteligencia, capacidad negociadora y voluntad de acuerdo por ambas partes. No podemos pensar que “como tenemos razón nos la darán”, no puede ser ésta la única guía de conducta. Y tampoco servimos bien a los intereses de la ciudadanía si no contamos de entrada las dificultades y la complejidad del proceso que se pretende iniciar, así como todos los elementos, favorables y desfavorables, ventajas e inconvenientes, costes y beneficios de las diversas opciones posibles. La democracia no solo no está reñida sino que exige claridad y respetar el principio de realidad. Lo demás es engañar al personal.

Y, finalmente, dejadme decir que no soy ingenuo. Es evidente que la explotación mediática de algunos escándalos en los últimos meses (incluso en plena campaña electoral) no es ajena al proceso que se abrió con la convocatoria anticipada de elecciones en Catalunya. Pero, dicho esto, si alguien hubiera abusado de sus responsabilidades políticas e institucionales y hubiera sacado beneficio personal o partidista, si alguien hubiera evadido capitales o hubiera rehuido sus obligaciones tributarias, si alguien hubiera cobrado comisiones a cambio de concesiones administrativas o contratos de obra pública, Catalunya nunca debería servirle de escudo porque los primeros a los que habría defraudado serían, precisamente, los ciudadanos de este país.

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